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Verdades que acomodan e incomodan de Lorena

Foto del escritor: Emisor Queretaro
Emisor Queretaro
16 abr 2022
3 min de lectura


Lorena Reséndiz Mendoza








Acercarse a Dios.


septiembre 27 de 2021.

Estos días en que hemos vivido de todo, temblores, lluvias, inundaciones, derrumbes, enfermedades y una interminable serie de acontecimientos que presentan un panorama apocalíptico, que incluso, existen comentarios de adivinos, videntes y profetas que se acerca el fin del mundo, escuché a una mujer muy anciana decir que todo pasa porque estamos muy alejados de Dios, incluso el día que tembló lo atribuye a que precisamente ese día es legalizado el aborto. No hablaré de ese tema, ya que requiere un profundo análisis, es delicado abordar desde mi punto de vista, una decisión muy personal, tampoco hablaré de religión, respeto profundamente las creencias de cada persona, sin embargo, reflexioné sobre varios sucesos que me ocurrieron y que me llevaron a pensar en las palabras de la anciana, “estamos muy alejados de Dios”


Mi relación con Dios es muy cercana, mi infancia y parte de mi juventud la viví entre cantos gregorianos, monjas y sacerdotes, escuché hablar de Dios en la escuela, en la doctrina y debo confesar que le temía, ya que era recurrente oír que si me portaba mal Dios me castigaría mandándome al infierno, me hablaron de alguien cruel, castigador y egoísta, sin embargo dudaba de todas esas teorías que utilizaban para convencerme de ser una niña normal, la que tenía que jugar con muñecas, a la comidita, la bien portada, la que ofrecía flores a la virgen en mayo, acudir a misa todos los domingos, confesar todos mis pecados y obedecer sin chistar. Odiaba los domingos, mi padre nos levantaba a las siete de la mañana para asistir a misa de ocho, mi madre me peinaba con unas trenzas perfectas, colocaba la pañoleta en mi cabeza, ¡Ah! Porque en mis tiempos, entrar al templo sin cubrirse era pecado; la ceremonia era interminable, pero si se me ocurría bostezar, los pellizcos de mi mamá y las miradas de mi padre me obligaban a mantenerme estoicamente en pie, con los ojos muy abiertos y mi cerebro acurrucado en mi cama.


A mis seis años, sí consideraba a Dios como alguien muy malo, preguntaba ¿Por qué tiene que castigarme si no quiero ir a misa, si no quiero jugar como todas las niñas? Sí era más divertido jugar al cinturón escondido, a policías y ladrones con los niños y preferir ser ladrona que policía. Después, en mi adolescencia cambió mi actitud hacia Él, se volvió recurrente pedirle un poco de ayuda en momentos difíciles como aprobar las materias, que no me regañaran por llegar tarde, que el chico que me gustaba me hiciera caso, que no me asustaran los truenos y cosas no tan graves. Al llegar mi juventud, se enfrió nuestra relación, sobre todo cuando le pedí fervientemente un milagro y no me escuchó, ya no había quien me obligara a asistir a misa, me di cuenta de que a medida que la gente envejece Dios es su única esperanza, y alguna vez que entré al templo por una boda familiar, observé que tenía razón, la mayoría de las personas era gente mayor y me dije que no quería volverme así, buscar a Dios por temor, por seguridad o por costumbre. Así fue pasando la vida, no me alejé del todo, pero no le buscaba, cumplí con los ritos de buen cristiano al bautizar a mis hijos, confirmarlos, llevarlos a la doctrina, que hicieran la primera comunión como una costumbre, lo que todo mexicano hace, pero no estaba convencida del por qué, así es desde siempre y uno sigue paradigmas.


De pronto, me encontré con la muerte de frente y sin concesiones, murió mi padre, mi madre, mi esposo, mi hermana y, a diferencia de lo que vi en otras familias reclamando a Dios el por qué les quitó la vida, yo, jamás lo culpé, no le reproché, aprendí a darle las gracias, porque de acuerdo al padecimiento de mis seres más amados, no tuvieron que padecer y morir lentamente en una cama, entonces empecé a platicar con Él, no de rezos, no de quejas, sino pláticas, como lo hacía con mi padre y encontraba la solución. ¿Estamos alejados de Dios? No lo sé, cualquiera que sea la religión que profesemos, cualquiera que sea el concepto que se tenga de un Dios, no podemos culparlo de que todo lo que ocurre en el planeta es castigo divino, es más fácil culparlo que asumir que somos ésta humanidad la que castiga, daña, destruye, nos alejamos no de Dios, sino de nosotros mismos, no somos a su imagen y semejanza, somos lo que deseamos ser, nadie nos obliga a nada, con esto, no quiero inclinarme por ninguna religión, ni demeritar a ninguna, solo aún me sigo preguntando, ¿Qué tan lejos de Dios está cada uno de nosotros? Solo cada uno podrá responderse y tendrá el libre albedrío de acercarse o ignorar el mensaje.

 
 
 

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